Poemario
Desertar construyendo
Veintidós poemas construidos desde el taller. Cada poema lleva el nombre de un gesto: el que busca, el que desnuda, el que lava, el que da forma. La herramienta y el verso comparten la misma economía. Lijar, taladrar, pulir, esperar — cada acto del escultor se vuelve lenguaje.
Poemas
Materiales
Desertar construyendo
Luis González Palacios
I
Os abandonan bajo la maleza.
Al fondo del bancal
como si fuerais eso:
un simple desperdicio.
Nadie recuerda la rama robusta
de la que suspendían holgazanas
otras más jóvenes, luciendo
sus perlas verdes al final del verano.
Un rugido de sierra
presentó sus dientes implacables
y, hundiéndose en la carne
dio con vosotras en el suelo,
la desgracia
os convirtió en mi botín.
Soy el ladrón que deambula
entre guerreros centenarios
de retorcidos cuerpos.
Busco en vuestras heridas
la posibilidad de algún olvido,
y cuando al fin
en un rincón del muro, resignados
ofrecéis vuestro cuerpo a las hormigas,
os nombro mi tesoro
y os traigo a casa.
II
Te desnudo, a ti
que ya estás muerto,
para darte otra vida.
A golpes cuidadosos
como si me diera miedo
hacerte daño,
despego de ti la piel más dura.
Tu cuerpo adquiere lentamente
la visión hermosa de las vetas:
me emociona tu luz mientras pulo
tu carne suave y cálida.
No pretendo hacer de ti
lo que no eres.
Te devolveré
el esplendor,
no el que tuviste,
sino el que dispone
el tiempo en mis manos.
III
Lo sé, cambié vuestro futuro.
Subido al montón de chatarra
miro con avaricia a través del desorden.
Remuevo los fragmentos
al tiempo que imagino,
entre olores de aceite
y tierra estéril.
Algo en ti llama mi atención,
despiertas mi sentido de lo útil
o esa extraña forma de belleza,
que acaba cautivándome.
Con la bolsa repleta
me dirijo a la báscula:
veinte kilos,
diez euros.
Esparcidas por el suelo,
comienzo a atisbar algunas conjunciones.
Ha llegado el momento de arrebataros
la piel que viste el abandono, velo
que deposita el tiempo sobre lo inútil.
Una a una, entráis en el balde:
Agua y jabón.
Un reposo.
Vendrán las cerdas de alambre
a rescatar los primeros brillos,
un nuevo rostro.
IV
No basta
despojaros de mugre:
quiero vestiros para la fiesta.
Os guardo nuevos sueños,
un juego equilibrista
que fije la atención y hasta el asombro.
Ahora venid,
mis manos, alquimistas de la luz,
os liberarán de la intemperie,
y en su quehacer
en ese desbastar,
invocarán al brillo, atrapado
entre moléculas de oxígeno.
De la opacidad
surgirá el resplandor.
Humilde hierro.
V
Desde el suelo
me habláis y yo os escucho.
Os coloco y observo,
a veces me conmuevo, entonces
os dibujo y os pienso.
Sois un rompecabezas
de formas inexactas,
de aristas que solo coinciden
en un punto.
Debo reconocer
vuestro lugar en el espacio.
Siguiendo el protocolo
os dispongo en la mesa:
pinzo a una de vosotras,
resguardo mi cabeza tras el casco,
a salvo están mis ojos
y tras los guantes, mis brazos y mis manos.
Ajusto el amperaje
y al acercar el electrodo,
una espiral de humo se desprende.
Surgen chispas danzantes
de un fulgor naranja.
En un punto,
los cuerpos se han fundido y al golpear,
se libera la escoria, mostrando
el hilo de cordón que os entrelaza.
Os alzo.
Os observo.
Sonrío.
El azar encontró su forma.
VI
Afilar es un arte.
El arte requiere ser paciente,
despertar el filo del acero
hasta rasgar el aire,
es tarea delicada.
Sujetar con firmeza el formón
mientras resbala por la lija,
en ángulo adecuado
sin que le falte el agua,
morder con suavidad,
darle la vuelta y con igual firmeza
transformar su superficie en un espejo.
A tener en cuenta:
ángulo de treinta grados,
lijas de trescientos ochocientos y dos mil,
pegadas y dispuestas sobre un cristal.
Importante:
deslizar el filo sobre una hoja de papel,
herirla en dos.
VII
Tengo por costumbre prepararme un café.
Hace años también encendía un cigarro
hace años sufrí un ictus.
Sobre la mesa
un tronco de olivo espera sin impaciencia.
Sorbo tras sorbo
exploro las posibilidades.
Me muevo
lo muevo
tomo nota de cualquier perturbación:
nudos, cortes, hendiduras.
Sé que la corteza esconde información valiosa.
Un golpe seco
altera la quietud de la madera,
sobre el suelo se acumulan
virutas de piel seca y escamada.
Desnuda,
lo insignificante cobra relevancia.
Un nudo es una puerta
para llegar al alma del olivo,
un trozo de rama mal podada
empuja a ahondar la curvatura.
¿Cómo hacer que las vetas
alcancen su máximo esplendor?
¿Que los tonos dorados, marrones y rojizos
atrapen la mirada?
VIII
Os aúpo a la mesa,
os recorro con los ojos cerrados
deslizando las yemas de mis dedos.
Reconozco cada curva
cada sorpresa discontinua
que yo afiancé,
para que fuerais únicas.
Os recorro de nuevo
hasta quedar seguro
de que toda aspereza,
se la llevó el último pulido,
solo mis dedos pueden
leer entre renglones un tachón,
descubrir, lo que mis ojos
resultan incapaces.
Ahora guardo distancia,
os observo sin prisa
giro a vuestro alrededor,
pongo nombre a los recodos
os hablo en voz alta
os dedico algunos adjetivos.
De ahora en adelante
quien desee conoceros,
será de obligado cumplimiento el abrazaros,
descubriros a oscuras, y cuando os mire,
os sentirá más allá de las formas.
IX
Desvestir al lenguaje,
volverlo tangible,
carnal.
Nombro al mazo
cuando al golpear el formón
astilla la madera.
Nombro al soldador
cuando funde al hierro
dejando una cicatriz.
Nombro cada herramienta:
sierra lija tornillo
cera escofina tenaza
todas palabras contundentes
para esculpir el poema.
Austeras, como los materiales.
X
Comienzo por lo áspero.
El grano grueso muerde,
arranca lo que sobra
sin piedad, pero sin rabia.
Después viene lo fino,
el susurro que suaviza,
la caricia que prepara
la piel para los ojos
para las manos.
Lijar es un
ir y venir sobre lo mismo,
repetir el gesto hasta que el tacto
confunda la madera
con la yema de mis dedos.
Así, pliego tras pliego
con amor y paciencia
bajo cada capa de aspereza
voy al encuentro de la luz.
XI
En la trama invisible
donde el viento danza,
guarda el aire un secreto:
huecos que no se ven
y atraviesan el tiempo.
Donde mueve el aire
yo habito en su danza.
XII
Coger un lápiz entre los dedos
es un acto cotidiano, como
cambiar la broca del taladro
afilar las gubias
o barrer el suelo.
Son hábitos que uno aprende
y reproduce justo en su momento,
salvo el lápiz,
dedo de grafito
que la mano acoge como propio,
y cuando así sucede
las ideas lo nombran su aliado,
el descanso se altera,
como hoy, que me pregunto
qué hago a las cuatro de la mañana
trazando líneas sobre una hoja,
yo, que no sé dibujar
y todo son intentos
por dejar esbozos de una idea,
que nadie, salvo yo, entenderá.
XIII
Taladrar es una acción violenta.
Odio la violencia.
Lo anuncia el sonido estridente
de la máquina que empuño,
al inclinarse
busca el lugar, el punto señalado,
rompe la broca los primeros tejidos,
afilada penetra
venciendo la resistencia de su cuerpo.
El orden se convierte caos
todo se tiñe de virutas.
Ejercer la fuerza, vencer
hacia adelante todo el cuerpo,
empujar con decisión
sí, es violencia.
En mi descargo, si hubiese
posibilidad de perdonarse
de aceptar ese impulso fiero,
diría que hay un buen motivo:
buscar la luz
airear el corazón del tronco,
embellecer si cabe
lo que ya es bello.
XIV
Hay un silencio
que hace del tiempo materia,
y te ocupa
y te pesa,
enmudeces con él.
Aguardas el gesto
que resquebraje el óxido,
la vibración que te sacuda el alma,
el caos que sublime el tiempo.
Ligero, acomodas las piezas
hasta encontrar en la forma
el sutil pensamiento
que te mantuvo en vela
y ahora te observa.
XV
Miro atento su silencio,
La materia reposa,
contemplo el leve pulso
el instante perfecto,
el anuncio.
Nada se apresura.
Pasan los días,
se oxida el hierro
y los troncos callan.
Aguardo el gesto,
el crujido leve,
el momento en que algo se ofrece
sin que yo lo reclame.
Esperar
no es dejar de hacer.
Es estar,
sin intervenir,
hasta que la forma llama.
XVI
Me lo digo a menudo.
Cuando la herida sangra
Cuando la ampolla duele.
Pero siento
a mis manos prisioneras,
Una distancia
que me impide el tacto
el manejo ágil
Confiado me afano en el pulido
no deparo en el corte.
La rebaba me hiere.
Me acuerdo de los guantes
mientras mi mano sangra.
Me lo digo a menudo.
XVII
Bajo capas de tiempo
late una luz.
Mis manos buscan
la huella leve
la claridad.
No invento,
descubro,
como quien aparta el polvo
de un antiguo retrato.
Solo oculta,
y pide paciencia,
atención.
Revelo
aquello que ya estaba
esperando su momento.
XVIII
Entre gravedad y equilibrio,
mis manos encuentran sentido.
La tensión es mi lenguaje,
silencioso sostengo el aire,
moldeo la quietud del espacio.
Todo peso tiene su sitio.
Todo vértice exige su pacto.
No hay forma sin riesgo,
ni estructura sin confianza.
Ser soporte
es cargar sin ser visto,
estar sin protagonismo,
mantener lo imposible.
Al sostener,
también soy contenido.
XIX
El error es la grieta por donde entra la luz:
son gajes, heridas que el tiempo remienda.
Pero hay un descuido que no perdona:
la sordera frente a la materia.
Si el nudo dicta su "no"
y tú te obstinas;
si la veta señala el rumbo
y tú la fuerzas;
si el óxido advierte su hora
y tú lo pules,
debes saber que
el hierro
guarda memoria de su forja,
el olivo
recuerda cada sequía,
el acero
arrastra señales de recorte.
Tú llegas después.
Rescatador o verdugo.
La diferencia está en la escucha.
XX
Percibo en silencio.
Mis manos sienten la vida
respirando en formas nuevas.
Nada es inerte.
Ni el hierro,
ni la madera dormida.
Respiro con ellos,
Crear,
es simplemente
respirar juntos.
XXI
Sacar las obras del taller.
Llevarlas más allá de tu casa.
Mostrarlas en una pared desconocida
que dice que sí,
que acogerá tus cuadros.
Mostrarte tú,
porque las obras hablan
de quién eres,
dejar que otros lean
lo que escribiste con las manos,
lo que callaste con palabras,
lo que gritaste en silencio
sobre el acero.
Exponerse:
convertir la intimidad del taller
en conversación pública,
dejar que miren
detrás de la soldadura,
el temblor.
Es ofrecer
no lo que sabes hacer,
sino lo que no sabes decir
de otro modo.
Arriesgarse a
que no entiendan,
que pasen de largo
a la indiferencia.
Pero exponer es también
la posibilidad del encuentro:
que alguien se detenga,
que alguien vea en tu GPS de guerra
su propia herida,
que alguien reconozca
en tus desechos redimidos
una forma de resistir.
Sacar las obras del taller es:
perder el control,
dejar que vivan
sin ti,
que signifiquen
más allá de tu intención.
Exponer, es decir:
aquí estoy,
esto soy,
esto hice con lo que otros tiraron,
esta es mi forma de desertar
construyendo.
Exponer
es terminar la obra
dejándola ir.
XXII
Agradezco
al martillo
su simple
contundencia.
A la radial
que desbarata
el orden
del metal.
A la lima
por insistir
donde la fuerza
fracasa.
Al soldador
por hacer
de la junta
cicatriz.
Agradezco
al hierro oxidado
por esperar
tantos años.
A la madera de olivo
por guardar
la memoria
de la tierra.
A los tornillos
y tuercas
que terminan
siendo
ornamento.
A los engranajes rotos
por recordar
que todo movimiento
deja huella.
Agradezco
a la chatarra
por recibirme
cuando el mundo
no tenía lugar.
Agradezco
a las herramientas
por aceptar
mis manos.